La alarma del celular de Sandra no suena; ella simplemente despierta con la luz que entra por su pequeña ventana. Casi de madrugada La Merced todavía huele a basura húmeda, a fritanga rancia y al alcohol de la noche anterior. Sandra se viste con algunas prendas del poco vestuario que tiene: un vestido color vino y zapatos de tacón gastados, pero aguantadores. Hoy toca el cruce de Santísima. Sabe que las horas tempranas son las más frías, pero también en las que los obreros madrugadores y clientes buscan discreción antes de que la ciudad despierte por completo. Es una hora tensa, donde cada ruido de motor o paso apurado puede ser una oportunidad o una amenaza. La mañana es más lenta de lo acostumbrado hasta que una patrulla se detiene en la esquina con una lentitud estudiada. Un oficial joven, con la gorra ladeada y sonriendo cínicamente, se acerca:“¿No sabes que a estas horas ya no se permite 'vender'?”, le dice con el tono de quien sabe que tiene el juego ganado. Sandra, que y...