La alarma del celular de Sandra no suena; ella simplemente despierta con la luz que entra por su pequeña ventana. Casi de madrugada La Merced todavía huele a basura húmeda, a fritanga rancia y al alcohol de la noche anterior. Sandra se viste con algunas prendas del poco vestuario que tiene: un vestido color vino y zapatos de tacón gastados, pero aguantadores. Hoy toca el cruce de Santísima. Sabe que las horas tempranas son las más frías, pero también en las que los obreros madrugadores y clientes buscan discreción antes de que la ciudad despierte por completo. Es una hora tensa, donde cada ruido de motor o paso apurado puede ser una oportunidad o una amenaza.
La mañana es más lenta de lo acostumbrado hasta que una patrulla se detiene en la esquina con una lentitud estudiada. Un oficial joven, con la gorra ladeada y sonriendo cínicamente, se acerca:“¿No sabes que a estas horas ya no se permite 'vender'?”, le dice con el tono de quien sabe que tiene el juego ganado. Sandra, que ya sabe lo que sigue, se limita a cruzar los brazos. Él continúa: “Si no quieres que te llevemos a la delegación a pasar un rato por alterar el orden, tendrás que cooperar para el café”. El mensaje es claro: una extorsión descarada. Ella, molesta, le da doscientos pesos, una parte de su ingreso ganado por la mañana, a cambio de que el oficial suba a la patrulla riéndose y se aleje, dejándola con el sabor amargo del abuso de poder.
Apenas media hora después, una camioneta negra y limpia, totalmente fuera de lugar en esa zona, se detiene. El conductor, un hombre de unos cincuenta años con gafas de sol, le hace una seña. La negociación inicial es como siempre: precio por servicio. Pero en cuanto Sandra sube al vehículo, él cambia el tono. “Quiero algo que nunca ofreces en la calle. Si no haces lo que te pido, van a batallar para encontrarte”. El corazón se le acelera. Sandra baja rápidamente y cierra la puerta de golpe, sintiendo ganas de correr, pero obligándose a quedarse parada. El carro se va, dejándola con el miedo en la boca del estómago y la mente pensando en las mil cosas que pudieron haberle pasado.
Sandra suspira, ajustándose el vestido. La mañana en La Merced es así, un piso caliente donde cada paso es un riesgo. La extorsión del policía y la amenaza del cliente son solo dos desafíos de una semana que apenas comienza. Lo que muchos creen una actividad simple, es en realidad un riesgo constante en el que se puede perder no solo la dignidad, sino la vida.
Ahora, después de retocarse el maquillaje, toca seguir ahí, en la esquina, buscando acompletar el dinero que le robaron.

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